El Mulu: una voz que vuelve a unir la cordillera
- Adrián Brizuela
- hace 9 horas
- 5 min de lectura
A veces la música llega sin que uno la esté buscando.
No conocía a El Mulu. Su nombre apareció hoy frente a mí a través de uno de esos recorridos imprevisibles que propone YouTube: un video conduce a otro, una canción demora el paso y, en algún momento, uno deja de prestar atención a la pantalla para empezar a escuchar.

Eso me ocurrió con este músico chileno.
Primero fueron las voces. Después, las letras. Finalmente apareció una sensación más difícil de precisar: la de estar escuchando una música nueva que, al mismo tiempo, parecía venir de un lugar conocido.
En las canciones de El Mulu hay algo andino, chileno y latinoamericano que no necesita presentarse como una declaración de identidad. Está en los ritmos, en las guitarras, en la manera en que las voces se encuentran y en una forma de contar historias que permite reconocer un paisaje aun cuando no se lo mencione.
No es una música que utilice el folclore como una decoración. Tampoco parece buscar una reconstrucción nostálgica del pasado. La tradición está presente, pero atraviesa canciones contemporáneas, sonidos urbanos y una sensibilidad marcada por las despedidas, la distancia, los vínculos y la necesidad de acompañarse.
Las canciones como historias
Lo que más me atrapó fueron las letras.
Las canciones de El Mulu parecen contar pequeñas historias, aunque no siempre tengan un argumento cerrado. Hay personas que se van, relaciones que terminan, recuerdos que regresan y afectos que continúan presentes incluso después de una despedida.
Son experiencias individuales, pero nunca parecen completamente privadas. En ellas existe algo compartido. Las pérdidas, los cambios y las ausencias aparecen como partes de una experiencia común.
El propio músico describe las canciones de su primer álbum, Derramar el Tiempo, como “pequeños duelos secretos”: situaciones que lo atraviesan, pero que no siempre encuentra otra manera de expresar. El disco reúne trece temas y fue publicado en mayo de este 2026. Está marcado por los cambios, las despedidas y la búsqueda de una forma de habitar el presente.
Esa idea permite entender por qué sus letras resultan cercanas incluso durante una primera escucha. No buscan explicar completamente lo que sucedió. Se detienen, más bien, en lo que queda después: una imagen, una pregunta, una persona que ya no está o una frase que todavía necesita ser dicha.
La canción se convierte así en el lugar donde puede contarse aquello que, fuera de la música, probablemente quedaría incompleto.
En La de la Despedida, por ejemplo, el adiós no se presenta solamente como una ruptura. También aparece el agradecimiento por lo vivido y la necesidad de despedirse para conservar al otro en la memoria. La canción fue compuesta por El Mulu junto con Benjamín Walker, Pablo Lesuit, André Beltrán y Carlos Eduardo Espinal García.
No hay grandilocuencia. Las historias avanzan desde palabras sencillas, imágenes cotidianas y sentimientos reconocibles. Quizás por eso pueden llegar tan rápido a quien las escucha por primera vez.
Cuando una voz se vuelve colectiva
Pero si las letras abren las historias, las voces les dan una dimensión mayor.
El Mulu tiene una voz cálida, cercana, capaz de sostener la intimidad de una canción. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue lo que sucede cuando esa voz deja de estar sola.
Los coros no aparecen simplemente para reforzar un estribillo. Cambian el sentido de las canciones.
Una experiencia que comienza siendo personal se vuelve colectiva. Lo que parecía una confesión se transforma en una conversación. Una pérdida individual encuentra otras voces que la acompañan.
Allí aparece con mayor claridad la dimensión latinoamericana de su música.
En muchas tradiciones musicales de la región, cantar juntos no es únicamente una decisión sonora. La voz colectiva expresa pertenencia, comunidad y memoria. En las canciones de El Mulu, ese recurso no parece reproducido como una fórmula folclórica. Surge dentro de una producción actual, pero conserva la fuerza de aquello que se dice entre varios.
Su música se mueve entre la guitarra acústica, los arreglos atmosféricos, algunos elementos electrónicos, las tonadas y los ritmos altiplánicos. El resultado no pertenece completamente a un tiempo ni a un género. El propio artista define esa búsqueda como una manera de rescatar elementos del folclore y llevarlos hacia un lenguaje actual.
Eso es, probablemente, lo que sentí antes de poder explicarlo: lo andino no estaba presentado como una cita evidente. Atravesaba la canción.

De Chile a México
El Mulu es el nombre artístico de Ignacio Sánchez Nazal, músico, compositor y productor chileno radicado en México desde 2020. Llegó inicialmente de visita, pero la pandemia prolongó su permanencia y terminó convirtiendo ese país en su lugar de residencia y en el espacio desde el cual desarrolló su proyecto musical.
Antes de ocupar el centro de sus propias canciones, trabajó en la producción de otros artistas. Participó junto a Mon Laferte en Biutiful, reconocida en los Latin Grammy de 2020 dentro de la categoría de mejor canción de rock. También ha compartido escenarios o proyectos con artistas como Carla Morrison, Kany García, Vicentico, Muerdo y Manuel García.
Ese recorrido quizá explique parte de la riqueza de sus arreglos y el cuidado con el que las canciones crecen sin perder su núcleo íntimo.
Pero su desplazamiento entre Chile y México también ayuda a entender otro elemento de su obra: la experiencia de la distancia.
La migración aparece vinculada con la necesidad de hacer comunidad, encontrar afectos en un lugar nuevo y construir una pertenencia que ya no depende solamente del territorio de origen. En Derramar el Tiempo, ese movimiento se relaciona con los duelos, las despedidas y la decisión de acompañar a otros mientras el tiempo pasa.
No es difícil reconocer allí una experiencia latinoamericana. Millones de personas viven lejos de su país y cargan consigo palabras, ritmos, comidas y canciones que les permiten reconstruir una parte de lo que dejaron.
El Mulu parece hacer algo parecido con la música: no reproduce un lugar perdido, sino que lo lleva consigo y lo transforma.
Un folclore que no queda atrás
Durante mucho tiempo, una parte de la industria musical presentó el folclore como una expresión destinada a preservar el pasado. Como si las tradiciones populares debieran permanecer inmóviles para seguir siendo auténticas.
La música de El Mulu propone otra relación.
Sus canciones no abandonan las raíces, pero tampoco quedan atrapadas en ellas. Lo folclórico convive con sonidos digitales, producciones contemporáneas y formas de escuchar propias de esta época. Lo andino no es una pieza de museo ni una obligación identitaria: es una materia viva.
Esa combinación permite que las canciones sean profundamente chilenas sin cerrarse en una identidad nacional. La cordillera, las tonadas y los ritmos del altiplano dialogan con experiencias que pueden reconocerse en distintos lugares de América Latina.
Una despedida ocurre en Chile, en México, en Argentina o en Bolivia. También el desarraigo, el recuerdo y la necesidad de empezar nuevamente.
Quizás por eso la música de El Mulu puede sentirse territorial y universal al mismo tiempo.
El descubrimiento
Escribo esta nota pocas horas después de haberlo escuchado por primera vez.
No pretende ser una reconstrucción completa de su carrera ni una definición definitiva de su música. Es, antes que nada, el registro de un descubrimiento.
En medio de la circulación permanente de canciones, videos y recomendaciones, algunas músicas apenas nos acompañan durante unos minutos. Otras consiguen interrumpir ese movimiento. Nos obligan a detenernos, volver a una frase y escuchar nuevamente una voz.
Con El Mulu me ocurrió eso.
Me detuvieron las historias. Me detuvo la manera de cantar. Me detuvo, especialmente, el momento en que una voz se encontraba con otras y la canción dejaba de pertenecer solamente a quien la había escrito.
Entonces apareció algo que conozco y que siempre me interesa encontrar: una forma de ser latinoamericano que no necesita explicarse todo el tiempo.
Está en las voces.
Está en las historias.
Está en una cordillera que, a veces, también puede escucharse.








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