Por qué la guerra con Irán no escala ni termina
- Adrián Brizuela
- hace 1 día
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Estados Unidos bombardea posiciones de la Guardia Revolucionaria dentro de Irán. Teherán responde con misiles y drones contra bases norteamericanas o instalaciones de sus aliados. Las defensas regionales interceptan una parte de los ataques. Después aparece una nueva amenaza, una pausa de algunas horas o un contacto indirecto entre negociadores. La secuencia vuelve a empezar.
La guerra con Irán lleva meses instalada en ese movimiento. No se ha transformado en una invasión ni en una ofensiva destinada a ocupar el país. Tampoco produjo un acuerdo de paz capaz de detener los ataques. Permanece en una zona intermedia: suficientemente violenta para mantener abierta la confrontación, pero todavía contenida por límites que ninguno de los actores parece dispuesto a cruzar de manera deliberada.
Ese equilibrio no es producto de la moderación. Estados Unidos, Israel e Irán siguen atacándose porque ninguno acepta retroceder sin obtener garantías. Pero evitan una guerra total porque todos pueden anticipar que el costo sería mayor que cualquier victoria rápida. La misma lógica que contiene la escalada impide cerrar el conflicto.

Una guerra organizada alrededor de umbrales
El conflicto no carece de intensidad. Desde el comienzo de la intervención estadounidense, en febrero de 2026, fueron atacadas instalaciones nucleares, defensas antiaéreas, centros de mando, radares, bases de misiles y capacidades navales. Irán respondió contra fuerzas norteamericanas y países del Golfo. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas llegó a condenar en marzo ataques iraníes contra Bahréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania.
En julio, después de la ruptura de una nueva pausa, Estados Unidos informó que había golpeado decenas de objetivos militares iraníes. El 8 de julio, funcionarios militares aseguraron que la ofensiva alcanzó alrededor de 90 instalaciones, entre sistemas antiaéreos y depósitos de misiles y drones. La información describe el alcance declarado por Washington; no constituye una evaluación independiente de los daños producidos.
Irán, por su parte, reconoció ataques contra objetivos vinculados con Estados Unidos en Jordania, Kuwait y Bahréin. En algunos casos afirmó haber alcanzado bases, centros de comunicaciones o infraestructura privada utilizada por compañías estadounidenses. Varias de esas atribuciones no fueron confirmadas por los países afectados o por las empresas mencionadas.
La violencia es real, pero permanece limitada por umbrales visibles. No hay una invasión terrestre norteamericana. Irán no ha intentado destruir de manera sostenida toda la infraestructura energética del Golfo. El estrecho de Ormuz ha sufrido interrupciones y amenazas, pero su cierre total tampoco se convirtió en una decisión permanente. Las fuerzas enfrentadas parecen calcular cuánto daño pueden causar sin provocar una respuesta que vuelva incontrolable la guerra.

Cada operación busca restaurar la disuasión. El problema es que cada bando interpreta la disuasión de una manera distinta. Para Estados Unidos, un ataque de represalia debe mostrar que las fuerzas norteamericanas y la navegación comercial no pueden ser golpeadas sin consecuencias. Para Irán, no responder significaría aceptar que su territorio y sus dirigentes pueden ser atacados con impunidad.
El resultado es una guerra en la que casi todas las operaciones son presentadas como defensivas, aunque amplíen el conflicto.
El acuerdo que no logró construir confianza
El memorando firmado el 17 de junio de 2026 debía ofrecer una salida a esa dinámica. Buscaba reducir las operaciones militares, reabrir el estrecho de Ormuz y crear condiciones para nuevas conversaciones. La Agencia Internacional de Energía describió aquel entendimiento como un marco para recuperar progresivamente la circulación marítima y preparar una paz más duradera. En julio, sin embargo, los flujos de gas natural licuado continuaban muy por debajo de los niveles anteriores a la guerra.
La tregua mostró su fragilidad pocos días después. Naciones Unidas informó el 2 de julio que se había producido un nuevo aumento de los enfrentamientos durante el fin de semana anterior, mientras Catar intentaba impulsar la aplicación del memorando. El llamado de la ONU a la contención revelaba que el acuerdo seguía vigente como referencia diplomática, pero no como mecanismo capaz de detener los ataques.
Estados Unidos e Irán tampoco aceptan una misma cronología sobre la ruptura. Washington atribuye la reanudación de sus operaciones a ataques iraníes contra fuerzas norteamericanas, países del Golfo y navegación comercial. Teherán sostiene que respondió a bombardeos, bloqueos y operaciones estadounidenses que ya habían violado las pausas anteriores.
El memorando no tenía una autoridad independiente con capacidad para investigar cada incidente, atribuir responsabilidades y establecer qué represalias podían considerarse legítimas. Tampoco definía con claridad si las acciones de Israel, las milicias iraquíes, Hezbollah o los hutíes debían incluirse dentro de las obligaciones de Estados Unidos e Irán.
Esa ambigüedad permite que las partes negocien y ataquen al mismo tiempo. Cada una intenta mejorar su posición militar antes de sentarse a discutir y considera que una pausa sin ventajas puede favorecer la reconstrucción del adversario.
El antecedente de 2015
La desconfianza no nació en junio. La guerra actual es también el resultado del deterioro del acuerdo nuclear firmado en 2015.
El Plan de Acción Integral Conjunto, conocido como JCPOA, fue acordado por Irán, Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Reino Unido, Alemania y la Unión Europea. El Consejo de Seguridad lo respaldó por unanimidad mediante la Resolución 2231, aprobada el 20 de julio de 2015. El acuerdo limitaba el enriquecimiento de uranio, la cantidad de centrifugadoras y las reservas iraníes. También establecía inspecciones y contemplaba la suspensión de sanciones relacionadas con el programa nuclear.
El JCPOA no resolvía la rivalidad entre Irán e Israel, el programa de misiles, la actividad de la Guardia Revolucionaria ni la relación de Teherán con sus aliados regionales. Era un acuerdo nuclear, no una reorganización integral de Oriente Medio.
Donald Trump retiró a Estados Unidos en 2018 porque consideraba que esas limitaciones eran insuficientes y temporales. Washington restableció sanciones y buscó obligar a Irán a aceptar un acuerdo más amplio. Teherán permaneció inicialmente dentro del marco, pero desde 2019 comenzó a reducir sus compromisos.
La salida norteamericana produjo un antecedente que condiciona cualquier negociación actual. Para Irán, firmar un acuerdo no garantiza que una futura administración estadounidense vaya a respetarlo. Para Washington e Israel, volver simplemente al texto de 2015 dejaría sin resolver las capacidades que Irán desarrolló desde entonces y su red regional.
En septiembre de 2025, las disposiciones de antiguas resoluciones de sanciones fueron reactivadas dentro del sistema de Naciones Unidas. El proceso confirmó que el marco político construido diez años antes había terminado desarmado.
Por qué no hay una guerra total
Estados Unidos podría intensificar considerablemente sus ataques. Tiene superioridad aérea, naval, tecnológica y de inteligencia. Pero una campaña destinada a destruir el Estado iraní o provocar deliberadamente la caída de su régimen abriría problemas para los que Washington no parece tener una respuesta sencilla.
Irán es un país extenso, con una población numerosa, fuerzas dispersas y capacidad para trasladar la guerra hacia bases, puertos, ciudades y rutas marítimas de toda la región. Una invasión exigiría recursos muy superiores a los utilizados en la actual campaña y convertiría a Estados Unidos en responsable del orden posterior.
La experiencia de Irak y Afganistán sigue pesando sobre la política norteamericana. Trump necesita presentar la operación como una demostración de fuerza, pero también sostener que no está llevando al país hacia otra guerra interminable.
Ese límite se observa en la opinión pública. Una encuesta de Pew Research Center realizada en marzo mostró que el 59 por ciento de los estadounidenses consideraba equivocada la decisión de usar la fuerza y el 61 por ciento desaprobaba la conducción de Trump. El respaldo era mayor entre los republicanos, pero descendía entre los independientes cercanos al partido y entre los votantes más jóvenes. En mayo, la desaprobación se mantenía en el 62 por ciento.

La intervención también consume capacidades militares que Washington necesita en otros escenarios. No puede afirmarse que Estados Unidos esté quedándose sin municiones, porque los inventarios exactos son secretos. Pero el uso sostenido de interceptores Patriot, THAAD y SM-3 afecta reservas difíciles de reponer.
Un análisis del Center for Strategic and International Studies estimó a fines de julio que el inventario de Patriot se encontraba por debajo de mil unidades y el de THAAD rondaba las 250. El estudio advertía que una guerra renovada podía reducir la preparación para un conflicto en el Pacífico y obligar a aceptar mayores riesgos al decidir qué misiles interceptar. Son estimaciones de especialistas, no cifras oficiales completas del Pentágono.
Israel puede estar dispuesto a mantener una presión militar más prolongada, pero tampoco está libre de restricciones. Una guerra total multiplicaría los ataques contra sus ciudades, elevaría el consumo de interceptores y abriría nuevamente los frentes de Líbano, Siria, Irak o Yemen. Además, su capacidad para sostener una campaña extensa depende del apoyo logístico y político estadounidense.
Irán tiene todavía menos incentivos para buscar una confrontación convencional. No puede igualar la fuerza norteamericana ni israelí y sabe que un ataque masivo podría amenazar la supervivencia del régimen. Su estrategia consiste en conservar suficientes misiles, drones, fuerzas asociadas y herramientas económicas para elevar el costo de la guerra sin ofrecer un blanco único que pueda ser destruido de manera definitiva.
Por qué tampoco hay paz
La ausencia de una guerra total no significa que las partes estén cerca de un acuerdo.
Washington exige que Irán no pueda fabricar un arma nuclear, que reduzca su capacidad misilística y que deje de amenazar a sus aliados y a la navegación. Israel pretende conservar la posibilidad de atacar si considera que Teherán está reconstruyendo esas capacidades.
Irán reclama garantías contra futuras operaciones, levantamiento de sanciones y reconocimiento de alguna forma de enriquecimiento de uranio. También necesita preservar un poder militar suficiente para evitar que cualquier acuerdo sea interpretado como una capitulación.

Las diferencias afectan cuestiones que los actores relacionan con su propia supervivencia. Para Israel, una capacidad nuclear iraní latente puede representar un riesgo existencial. Para el régimen iraní, renunciar a sus herramientas de disuasión sin garantías podría facilitar nuevas ofensivas o un intento de cambio de régimen.
Estados Unidos afirma que no busca decidir quién gobierna Irán. Sin embargo, sus ataques alcanzan a la Guardia Revolucionaria, una organización que no solo cumple funciones militares: participa de la economía, la seguridad interna, la política y la coordinación de las fuerzas aliadas en otros países. Debilitarla reduce la capacidad ofensiva iraní, pero también afecta una de las estructuras que sostienen al sistema político.
Por eso, la discusión sobre el cambio de régimen permanece deliberadamente ambigua. No aparece como un objetivo oficial, pero puede convertirse en consecuencia de una campaña prolongada. Para Teherán, esa posibilidad vuelve más difícil aceptar límites que puedan dejarlo indefenso.
La guerra se desplaza hacia los costados
La contención del enfrentamiento directo no impide que el conflicto se extienda. Lo hace de forma lateral.
En Irak, Estados Unidos y Arabia Saudita atacaron a fines de julio posiciones de grupos vinculados con Irán después de que Riad denunciara drones lanzados desde territorio iraquí contra instalaciones petroleras. Arabia Saudita había advertido el 27 de julio que se reservaba el derecho de responder y atribuyó la operación a milicias apoyadas por Teherán.
Los blancos estaban relacionados con facciones de las Fuerzas de Movilización Popular. Esa estructura forma parte formal del sistema de seguridad de Irak, aunque algunos de sus componentes mantienen vínculos estrechos con Irán y actúan con autonomía. El Gobierno iraquí condenó los ataques y sostuvo que no había sido informado previamente. La situación obliga a Bagdad a equilibrar su relación con Washington, Riad y Teherán mientras intenta controlar fuerzas que también participan de su propio aparato estatal.
Jordania enfrenta una contradicción parecida. No busca participar de la guerra, pero alberga fuerzas estadounidenses y utiliza sus defensas para interceptar misiles que atraviesan su espacio aéreo. Cada intercepción la protege y, al mismo tiempo, la integra más profundamente en el conflicto.

El patrón convierte a los países vecinos en escenarios de represalias. Irán puede presionar a Estados Unidos sin concentrar todos los ataques en una confrontación directa. Washington y sus aliados pueden responder contra esas redes sin iniciar una invasión de Irán. La guerra no desaparece: se dispersa.
Ormuz, el arma que conviene no utilizar por completo
El estrecho de Ormuz resume la lógica de la contención.
Por allí transitan alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo, cerca de una cuarta parte del comercio marítimo mundial. También pasa casi una quinta parte de las exportaciones globales de gas natural licuado. La mayor parte del petróleo se dirige a Asia y proviene no solo de Irán, sino también de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos.
Teherán puede amenazar el tránsito, atacar embarcaciones o elevar el costo de los seguros. Esa capacidad le permite trasladar al resto del mundo parte del precio de la guerra.
Pero un cierre completo también perjudicaría a Irán, enfrentaría a Teherán con China y otros compradores asiáticos y podría provocar una coalición internacional más amplia. Solo existen oleoductos alternativos para desviar una fracción de los flujos habituales.

Por eso, Ormuz funciona mejor como amenaza que como cierre permanente. La incertidumbre eleva los precios, altera las rutas y fortalece la capacidad negociadora iraní sin obligarlo a asumir todavía todas las consecuencias.
La guerra ya produjo un fuerte impacto sobre el gas. La Agencia Internacional de Energía calculó que las interrupciones afectaron flujos equivalentes a casi el 20 por ciento del suministro mundial de GNL. En julio proyectó una caída del 0,5 por ciento de la demanda global de gas durante 2026 por los mayores precios y la menor utilización industrial y eléctrica.
Un equilibrio sin estabilidad
La guerra con Irán no escala porque ninguno de los actores puede garantizar que una ofensiva total produzca un resultado político mejor que la situación actual.
Estados Unidos e Israel pueden destruir instalaciones y reducir capacidades. No pueden asegurar que el día siguiente sea más estable, ni que la caída o desorganización del régimen elimine el programa nuclear, las milicias o la presión sobre el Golfo.
Irán no puede ganar una guerra convencional. Puede, sin embargo, prolongarla, dispersarla y aumentar sus costos económicos y políticos.

La paz tampoco llega porque las partes no negocian únicamente el final de los bombardeos. Discuten quién podrá enriquecerse, quién inspeccionará, qué sanciones serán levantadas, qué seguridad recibirá Israel, qué garantías tendrá Irán, qué ocurrirá con las milicias y quién controlará las rutas marítimas.
Mientras cada actor considere que detenerse lo vuelve más vulnerable que seguir atacando, el conflicto conservará su forma actual: una guerra de agresiones contenidas, pausas frágiles y represalias calculadas.
La contención puede evitar por ahora una guerra regional total. No es todavía una forma de paz.








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