Lula sigue en el centro: el liderazgo que sostiene al PT y condiciona el futuro de Brasil
A los 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva volvió a colocar su nombre en una segunda vuelta presidencial, aunque con una novedad incómoda: por primera vez desde su regreso al poder en 2023, encarará el balotaje desde el segundo lugar, detrás de Flávio Bolsonaro. El resultado obliga a mirar más allá de la coyuntura electoral inmediata para entender por qué Lula continúa siendo una figura insustituible para una porción decisiva de Brasil, y qué revela esa dependencia sobre el Partido de los Trabajadores y el sistema político que ayudó a moldear.
La noche del 4 de octubre dejó un escenario inédito para el mandatario. Con el escrutinio prácticamente cerrado, Flávio Bolsonaro alcanzó 56,1 millones de votos (47,03%), mientras que Lula reunió 53,9 millones (45,16%). Aunque la diferencia fue de apenas 1,87 puntos porcentuales, la más estrecha entre los dos primeros candidatos en un primer turno desde la redemocratización, el orden de los factores altera el reto político: desde el retorno de las elecciones directas en Brasil, ningún candidato que quedó segundo en la primera vuelta logró remontar el resultado en el balotaje. Lula, que ya ha gobernado el país en tres ocasiones, ganado tres presidencias, perdido otras tres, pasado 580 días en prisión y recuperado sus derechos políticos, intentará romper también esa constante estadística.
Más allá de lo que ocurra el 25 de octubre, la verdadera incógnita reside en la gravitación ininterrumpida de Lula sobre el tablero brasileño. Una investigación previa elaborada por Cabeza de Pescado identificaba tres factores clave para explicar este fenómeno: su peso central en la coyuntura de 2026, una identidad política construida a lo largo de décadas y una contradicción estructural que el PT sigue sin resolver: cuanto más imprescindible resulta Lula para mantener al partido competitivo, más evidente se vuelve la ausencia de un relevo capaz de sustituirlo.
Un candidato más fuerte que su propia gestión
Lula llegó a las urnas atrapado en una paradoja. Si bien su administración exhibía indicadores laborales y sociales favorables, la percepción ciudadana estaba condicionada por el aumento del costo de vida, el endeudamiento de los hogares, la inseguridad y una polarización que no se disipó tras la salida de Jair Bolsonaro del Planalto. La competitividad electoral del presidente volvió a situarse por encima de la valoración positiva de su gobierno, demostrando que su caudal de votos no depende únicamente del presente, sino de un capital político acumulado durante más de medio siglo.
El mapa electoral del primer turno reflejó con precisión esta geografía del voto. Pese a terminar por detrás de su rival, Lula superó los 53 millones de sufragios sustentado por su hegemonía en el Nordeste, donde cosechó el 63,8% de los apoyos y se impuso en 12 estados. Flávio Bolsonaro, en cambio, dominó el Sur con un 60,1% y lideró en 14 estados más el Distrito Federal. Esta división territorial no es casual; responde a raíces históricas y biográficas profundas.
Del pau-de-arara al Sindicato de Metalúrgicos
Mucho antes de presidir el país, Lula encarnó las migraciones internas que transformaron el Brasil del siglo XX. Nacido en Pernambuco, emigró de niño junto a su familia hacia São Paulo a bordo de un pau-de-arara, los camiones precarios en los que miles de nordestinos viajaban hacia los centros industriales del Sudeste. Su trayectoria personal se entrelaza con la industrialización del país, la urbanización acelerada y el surgimiento de una nueva clase obrera.
Formado como tornero mecánico en la industria metalúrgica del ABC paulista, asumió en 1975 la presidencia del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema. Para 1979, en plena dictadura militar, lideraba huelgas masivas que reunieron a 170.000 trabajadores. Allí comenzó a forjar su perfil político: una combinación de movilización popular y pragmatismo negociador, confrontando con el régimen cuando era necesario, pero buscando acuerdos cuando la correlación de fuerzas lo exigía.
Las limitaciones de la lucha sindical para modificar las estructuras del país lo llevaron a dar el salto a la política institucional. En febrero de 1980 participó en la fundación del Partido de los Trabajadores, y poco después fue arrestado durante 31 días bajo la Ley de Seguridad Nacional. Se consolidaba así el paso del líder gremial al dirigente político de alcance nacional.
El aprendizaje de la derrota y el pragmatismo estratégico
El acceso al poder no fue inmediato. Lula cayó derrotado en las elecciones presidenciales de 1989, 1994 y 1998 antes de lograr su primer triunfo en 2002. Aquellas tres frustraciones consecutivas rediseñaron su estrategia. Para ganar su cuarta campaña, amplió alianzas, incorporó como candidato a vicepresidente al empresario José Alencar y difundió la Carta ao Povo Brasileiro, un gesto destinado a calmar a los mercados financieros e industriales.

Aquel giro demostró que Lula sabe ampliar su base cuando la supervivencia política lo requiere. Lo repitió en 2022 al llevar en su fórmula a Geraldo Alckmin, su antiguo rival de centro-derecha en las elecciones de 2006, y vuelve a aplicarlo en el escenario actual. De cara a la segunda vuelta de 2026, la estrategia del oficialismo se concentró en reordenar filas con los gobernadores reelectos de Piauí, Ceará y Bahía, buscando aumentar la participación en el Nordeste y reducir la abstención, que rozó el 20% en el primer turno. En paralelo, Flávio Bolsonaro comenzó a sumar el respaldo de bloques del centrão, como el partido Republicanos, Unión Progresista y Novo, tensionando aún más el margen de maniobra de Lula para captar el voto moderado.
La memoria del lulismo y los costos del poder
El arraigo de Lula en los sectores populares remite directamente al ciclo de bonanza económica e inclusión social de sus dos primeros mandatos (2003-2010). En ese período, el programa Bolsa Família pasó de atender a menos de cuatro millones de hogares a superar los doce millones. Asimismo, el desempleo en las principales áreas metropolitanas cayó del 12,4% al 6,7%, mientras que los ingresos reales del trabajo subieron cerca de un 19%.
Más allá del contexto internacional favorable y las reformas estructurales, esos años dejaron una huella duradera en la memoria colectiva, consolidando el fenómeno del lulismo: un vínculo directo entre el líder y los votantes populares basado en políticas redistributivas y flexibilidad pragmática. Este capital simbólico convirtió a Lula en una figura electoralmente más vasta que el propio PT.
Sin embargo, su carrera dista de ser una narrativa lineal. Los escándalos de corrupción del Mensalão en 2005 no impidieron su reelección en 2006 ni evitaron que dejara el gobierno en 2010 con un 83% de aprobación. Años más tarde, las investigaciones de la Operación Lava Jato derivaron en su encarcelamiento durante 580 días entre 2018 y 2019. Su liberación y la posterior anulación de sus condenas por parte del Supremo Tribunal Federal, debido a fallas de competencia jurisdiccional y a la parcialidad del juez Sérgio Moro, le permitieron recuperar sus derechos políticos y derrotar ajustadamente a Jair Bolsonaro en 2022 (50,9% a 49,1%).
El dilema del PT ante la sucesión
Para sus seguidores, el recorrido de Lula es una gesta de resistencia social y superación personal. Para sus detractores, representa la continuidad de un modelo salpicado por escándalos de corrupción e interferencias judiciales. En medio de esta disputa narrativa, analistas y periodistas internacionales destacan el peso de su historia singular.
El periodista argentino Pedro Brieger, especializado en noticias de Latinoamérica, subraya la relevancia de su trayectoria de origen: si bien aclara que "la mayoría de la población brasileña no recuerda al Lula trabajador que estaba a fines de los 70 liderando huelgas", señala que su figura mutó a la de un "estadista más que un trabajador". Aún así, Brieger enfatiza que Lula conserva "la capacidad de vincularse con las personas sencillas que no tienen otros candidatos justamente por sus orígenes", lo que lo convierte no solo en una figura central del escenario actual, sino en "probablemente la figura política más importante que ha tenido Brasil en este siglo e incluso años para atrás".
Por su parte, la periodista venezolana Nastacha Carreño, especializada en política internacional en la señal Globovisión, define la centralidad de Lula señalando que actúa como "el único pegamento político de la izquierda brasileña ante un Partido de los Trabajadores desgastado". De acuerdo con Carreño, la contienda electoral ya no se enfoca en el partido sino en el relato de Lula "como sobreviviente". Su memoria emotiva y su liderazgo han eclipsado por completo a la plataforma partidaria: "la izquierda en Brasil ya no compite como una plataforma ideológica, sino que usa el capital político individual de un líder que ha sido histórico para Brasil", funcionando como "la última gran figura política que pudiese contener a la derecha".
El PT ha producido gobernadores, ministros y figuras de proyección nacional como Dilma Rousseff y Fernando Haddad, pero ninguno ha logrado articular la transversalidad que caracteriza a Lula: una coalición heterogénea que abarca desde la base trabajadora e ideológica hasta sectores del empresariado y votantes de centro.
La recta final hacia el 25 de octubre trasciende la mera definición de quién gobernará Brasil a partir de 2027. La cita electoral pone a prueba la vigencia del modelo político que Lula articuló durante medio siglo y deja al descubierto el desafío de un partido que, aun disputando la máxima magistratura, sigue sin encontrar la fórmula para garantizar su futuro más allá de su fundador.





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